Javier Milei volvió a defender el rumbo económico de su gobierno y aseguró que no tiene previsto modificarlo. En un discurso pronunciado en Chile, el Presidente vinculó su posición con una decisión de convicción y sostuvo que continuará aplicando el programa con el que llegó al poder.
“Yo voy a seguir haciendo lo que me comprometí”, afirmó Milei. Y agregó: “Yo ya tengo mi futuro asegurado, es decir, yo haciendo lo que corresponde estoy asegurando mi futuro. Voy a vivir de dar conferencias. Ya no es un problema mío. Lo estoy diciendo por los propios argentinos”.
El mandatario también cuestionó a quienes proponen regresar a políticas del pasado y planteó que la discusión argentina continúa marcada por la disputa entre distintas variantes de intervención estatal. Su defensa del programa se produjo en un contexto de sensibilidad por la situación de los hogares que todavía no logran recuperar sus ingresos.
El punto más controvertido del discurso fue la reivindicación de la trayectoria económica chilena posterior al derrocamiento de Salvador Allende. “Chile entró en un periodo de estabilidad y crecimiento que se extendió por más de 40 años y gracias a ello, Chile fue, sin lugar a dudas, la envidia en términos económicos de toda la región”, sostuvo Milei.
La referencia implicó un elogio a la economía desarrollada durante el régimen de Augusto Pinochet, que comenzó tras el golpe de Estado de 1973. La afirmación abrió cuestionamientos por la asociación entre resultados económicos y un proceso político no democrático, además de omitir, según las críticas formuladas durante el debate, el deterioro de los primeros años del régimen.
En el plano económico, una de las discusiones centrales quedó planteada en torno al costo de la transición. El diagnóstico favorable sobre el destino buscado por el Gobierno no despeja cómo se atraviesa el período de ajuste para los sectores que todavía enfrentan dificultades para llegar a fin de mes.
“La Argentina que quiere Milei, una Argentina competitiva, productiva, donde la gente vive bien, con buenos salarios, que genera empleo, que crece, que el Estado ocupa solo el lugar que tiene que ocupar, hace bien lo que tiene que hacer y no hace nada lo que no tiene que hacer”, se señaló durante el intercambio. La principal objeción fue que el Gobierno suele hablar desde esa meta sin explicar con suficiente precisión cómo se llega a ella.
La política exterior apareció como un segundo foco de tensión con posibles efectos económicos. Quedó bajo discusión el viaje presidencial a China, que todavía no estaba definido pero era considerado “al borde de caerse” tras declaraciones oficiales que atribuyeron a ese país responsabilidad por un desastre natural ocurrido en Nepal.
La Embajada de China respondió formalmente y pidió que dejaran de difundirse afirmaciones que no podían sostenerse, al considerar grave que provinieran de un funcionario. El episodio sumó incertidumbre a una relación relevante para la Argentina por el comercio bilateral, el financiamiento y la renovación del swap con el país asiático.
La tensión se contrapone con la necesidad de mantener abiertos los vínculos económicos con las principales potencias. China fue presentada como un socio comercial central y como una fuente de respaldo financiero reciente, mientras que Estados Unidos mantiene un peso decisivo en las negociaciones y en áreas estratégicas como las telecomunicaciones. La combinación de alineamientos políticos y dependencias económicas dejó expuesta una política exterior que enfrenta costos cuando la ideología desplaza el cálculo de intereses nacionales.



