El endeudamiento de los hogares argentinos empieza a convertirse en un problema económico y político para Javier Milei. La presión sobre las finanzas familiares afecta especialmente a los jóvenes, un segmento que respaldó al Presidente y que ahora enfrenta dificultades para sostener sus gastos cotidianos y sus proyectos de movilidad social.
Casi la mitad de los 45 millones de argentinos tiene alguna deuda y más de 5 millones están atrasados en sus pagos, de acuerdo con datos del Centre for City Studies, una organización no gubernamental argentina que releva información del Banco Central. La morosidad es todavía más elevada entre los menores de 25 años: llega al 37,6%, la tasa más alta entre todos los grupos etarios.
El caso de Martín Taborda muestra cómo una deuda relativamente pequeña puede transformarse en una carga mucho mayor. A los 18 años comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero dos años después quedó desempleado y acumuló una deuda de US$1.300. El dinero inicial, poco más de US$100, había sido tomado en 2024 a través de una aplicación de pagos para afrontar gastos educativos.
Con el atraso y la acumulación de intereses, la deuda se multiplicó por diez. Taborda ya no puede pagar el transporte desde su barrio hasta la universidad ni comprar los libros necesarios para continuar sus estudios, pese a que la institución no cobra matrícula. La falta de ingresos convierte así una herramienta de financiamiento de corto plazo en una barrera para estudiar y buscar mejores oportunidades laborales.
El problema excede a quienes dejaron de pagar. Cuando una parte creciente del ingreso se destina a cancelar deudas, se reduce el margen para consumir, capacitarse o sostener decisiones de largo plazo. La deuda permite postergar una restricción de ingresos, pero no la elimina: si no aparece trabajo o mejora el salario, el ajuste termina trasladándose al consumo familiar y a la calidad de vida.
La situación también expone los límites de una recuperación que no llega de manera pareja a los hogares. Taborda afirma que casi no hay trabajo disponible y depende de otras personas para cubrir sus necesidades. Esa dependencia agrega un costo social que no aparece en las estadísticas de morosidad: la pérdida de autonomía económica y la postergación de proyectos personales.
Para Milei, la tensión es particularmente sensible entre los jóvenes que contribuyeron a llevarlo al poder. El deterioro de las finanzas familiares puede transformar la paciencia inicial en desilusión, aunque la deuda por sí sola no permite anticipar un cambio de comportamiento electoral. Sí ofrece, en cambio, un punto de apoyo para una oposición fragmentada que busca reunir a los votantes desencantados antes de la próxima elección presidencial.
El dato central para el Gobierno no es solamente cuántas personas deben, sino qué revela esa deuda sobre los ingresos y las oportunidades disponibles. Si el crédito reemplaza durante demasiado tiempo al empleo y al salario, la morosidad deja de ser un asunto individual y pasa a funcionar como una señal de la fragilidad de la recuperación. En ese escenario, sostener la confianza dependerá de que los hogares vuelvan a generar ingresos suficientes para salir del endeudamiento, no solo de que puedan refinanciarlo.



