La inflación mensual argentina se desaceleró hasta su nivel más bajo en 14 meses, un resultado que refuerza la principal carta económica de Javier Milei. La estabilización de los precios le permite al Gobierno presentar un quiebre con una historia reciente marcada por aumentos vertiginosos y pérdida de capacidad para planificar el consumo.
El cambio no consiste solamente en que los precios suban más lentamente. También modifica la información disponible para hogares y empresas: cuando el dinero pierde valor a gran velocidad, las decisiones se adelantan, los contratos se acortan y resulta difícil calcular costos futuros. Una inflación más baja devuelve, aunque de manera todavía incompleta, un horizonte para presupuestar y comparar precios.
Milei llegó a la presidencia con una promesa de ruptura con el modelo que había dominado la política argentina durante décadas. En una exposición ante simpatizantes, reivindicó la reducción del tamaño del Estado y destacó que la inflación había caído desde 211% en 2023 hasta 31,6% en 2025. La nueva desaceleración mensual fortalece esa narrativa de estabilización, pero no elimina el costo de la transición.
La experiencia cotidiana muestra esa ambivalencia. Una habitante de Buenos Aires describió como “extrema” la diferencia entre no poder anticipar cuánto costarían los bienes y recuperar cierta capacidad de planificación. Puso como ejemplo los huevos: después de subir de 401 a 1.531 pesos en 2023, el precio rondaba los 3.800 pesos por docena, aunque el valor expresado en dólares citado para ese producto era menor que entonces.
La apertura a las importaciones también empieza a alterar los precios relativos. La mayor disponibilidad de ropa más barata, especialmente de origen chino, amplía las opciones para los consumidores y presiona a un mercado doméstico que durante años operó con protección. Ese efecto beneficia a quienes buscan variedad y menores precios, pero también expone a los productores locales a una competencia que antes estaba limitada por barreras de entrada.
La estabilización, sin embargo, no se traduce automáticamente en aprobación política. Trabajadores y empleados de servicios consultados en Buenos Aires expresaron rechazo al Presidente por el aumento del costo de vida. Un relevamiento del Instituto Universitario publicado en julio registró que 42% de los jóvenes de sectores trabajadores que habían votado por Milei dijo que no volvería a hacerlo.
Ese dato revela una tensión central del programa: bajar la inflación puede ser una condición necesaria para recuperar previsibilidad, pero no garantiza una mejora inmediata en la percepción del bienestar. Los consumidores evalúan el nivel de los precios que enfrentan, no solo la velocidad a la que dejan de aumentar. Por eso, una desinflación todavía compatible con un costo de vida elevado puede producir alivio financiero y malestar social al mismo tiempo.
La disputa también sigue abierta en el plano electoral. El peronismo conserva apoyo, mientras Axel Kicillof aparece como el principal rival de Milei dentro de la oposición, aunque enfrenta cuestionamientos en su propio distrito. Cristina Fernández de Kirchner continúa siendo un foco de movilización política pese a su condena y prisión domiciliaria. La inflación puede haber perdido intensidad, pero todavía no resolvió quién capturará políticamente los beneficios y los costos de la transformación económica.



