La Argentina se encamina hacia un El Niño de intensidad excepcional que podría alcanzar su máximo entre fines de 2026 y febrero de 2027, justo durante una parte crítica de la campaña agrícola. La amenaza no pasa solamente por el impacto sobre los cultivos: el exceso de agua puede complicar la infraestructura y el corredor fluvial que conecta la cosecha con los mercados externos.
La Organización Meteorológica Mundial describe el episodio como extremadamente fuerte, mientras que el Ministerio de Infraestructura argentino asigna una probabilidad del 90% a condiciones muy intensas. Misiones y Corrientes tienen una probabilidad superior al 55% de registrar lluvias por encima de lo normal. También aparecen bajo vigilancia Formosa, Chaco, Santa Fe, la cuenca del Paraná y el delta.
El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria advirtió que la combinación de precipitaciones elevadas y temperaturas altas obligará a revisar el manejo de la campaña 2026-27. Para los productores, el problema no será necesariamente la falta de agua: un exceso concentrado en el momento equivocado puede impedir las labores, deteriorar caminos, afectar lotes y elevar los costos de cosecha y transporte.
El Paraná concentra la mayor parte de las exportaciones argentinas de granos hacia el Atlántico a través del polo portuario de Rosario y su conexión con el estuario. Una crecida significativa puede inundar zonas del delta, interrumpir accesos a las terminales y dañar infraestructura baja. También está bajo riesgo el acceso al complejo portuario de Buenos Aires, utilizado como alternativa cuando la operación de Rosario enfrenta restricciones.
La paradoja es que un El Niño intenso suele ser más favorable para los rindes argentinos que una fase seca. Las lluvias durante la etapa de crecimiento pueden aliviar el estrés hídrico en la región pampeana y mejorar el potencial productivo. Pero una cosecha abundante pierde valor económico si no puede salir a tiempo, si debe esperar en plantas y acopios o si llega a los puertos con mayores costos y demoras.
La experiencia reciente mostró el riesgo opuesto. La Niña de 2020-2021 llevó al Paraná a sus niveles más bajos en más de siete décadas y obligó a los buques que cargaban en Rosario a operar por debajo de su capacidad, con costos para la cadena exportadora medidos en cientos de millones de dólares. Luego, la sequía de 2022 y 2023 redujo con fuerza las cosechas de soja y maíz, restó varios puntos porcentuales al producto interno bruto y debilitó los ingresos de dólares del Banco Central.
El nuevo escenario cambia el tipo de vulnerabilidad, pero no elimina la dependencia de un único corredor. Cuando el río baja, se pierde capacidad de carga; cuando sube demasiado, se deterioran los accesos y la infraestructura. En ambos casos, la señal económica es la misma: una red logística con pocas alternativas convierte una variación climática en un shock sobre exportaciones, actividad y disponibilidad de divisas.
La palabra “Súper Niño” que circula en los medios no es una clasificación meteorológica oficial. La denominación técnica corresponde a un episodio intenso o fuerte de El Niño. La diferencia importa porque evita transformar un pronóstico probabilístico en una certeza y permite concentrar la atención en las variables que sí deben monitorearse: lluvias regionales, niveles del Paraná, estado de los caminos, accesibilidad portuaria y capacidad de respuesta de la cadena agroexportadora.
El mismo patrón del Pacífico también es seguido en Perú, aunque sus efectos son distintos. El comité multisectorial ENFEN asignó allí una probabilidad del 62% a un evento extraordinario y el país declaró el estado de emergencia en 893 distritos de más de 20 regiones. En la Argentina, el riesgo principal se concentra en las lluvias y los niveles fluviales; en Colombia, un El Niño suele asociarse más con sequía. Un mismo fenómeno global produce problemas diferentes y exige respuestas adaptadas a cada infraestructura y estructura productiva.



