Donald Trump abrió la puerta a que fabricantes de automóviles chinos instalen plantas en Estados Unidos, aunque mantuvo su rechazo a la entrada de vehículos terminados desde China. La definición introduce una posible grieta en el esquema de protección comercial aplicado por Washington al sector automotor chino.
“Si China quisiera venir y abrir una planta para construir sus autos aquí, estaría de acuerdo con eso”, dijo Trump en una entrevista con Fox News. El presidente argumentó que empresas japonesas ya fabrican vehículos en Estados Unidos y emplean trabajadores locales, y marcó como límite que las automotrices chinas produzcan en México para luego enviar los vehículos al mercado estadounidense a menor costo.
La diferencia entre importar y fabricar dentro del territorio estadounidense no es menor. Una planta local trasladaría parte de la inversión, el empleo y la cadena de proveedores al país, pero también permitiría a los fabricantes chinos competir con mayor cercanía al mercado y evitar eventuales barreras aplicadas al producto terminado. La apertura, por lo tanto, podría modificar los precios relativos y la estructura de competencia sin eliminar la disputa por la propiedad, la tecnología y los datos.
La administración de Joe Biden impuso a comienzos de 2025 una regulación que, de acuerdo con la información disponible, bloquea de hecho la venta o fabricación de vehículos de pasajeros de fabricantes chinos en Estados Unidos. Washington también mantiene aranceles superiores al 100% sobre los vehículos eléctricos chinos, una barrera que encarece su ingreso y limita la presión competitiva sobre las automotrices instaladas en el país.
La industria estadounidense busca evitar cualquier flexibilización. La Alliance for Automotive Innovation, que representa a los principales fabricantes del país, pidió el 3 de septiembre al Congreso una prohibición permanente de la venta, importación y fabricación de vehículos, hardware y software vinculados con China.
John Bozzella, presidente y CEO de la entidad, sostuvo que las automotrices chinas están ganando participación en Europa, Australia, el sudeste asiático, México y Sudamérica con vehículos subsidiados por Beijing. También advirtió que sus sistemas conectados podrían recopilar, procesar y transmitir datos sensibles de los consumidores y de los vehículos al Partido Comunista Chino.
El conflicto combina una disputa industrial con un problema de seguridad económica. La protección arancelaria resguarda a los productores estadounidenses de una competencia que la industria considera subsidiada, pero reduce las opciones disponibles para los consumidores y puede demorar la incorporación de vehículos más baratos. Permitir plantas chinas, en cambio, podría atraer capital y empleos, aunque mantendría abierta la discusión sobre el control de la tecnología y la información generada por los automóviles.
Las declaraciones de Trump se produjeron antes de la visita prevista de Xi Jinping a Estados Unidos a fines de septiembre. Por ahora no constituyen un cambio normativo: plantean una posible negociación sobre el modo de participación de las empresas chinas en el mercado estadounidense, en un contexto donde el Congreso y los fabricantes locales presionan para cerrar esa alternativa de manera definitiva.



