El Banco de Japón elevó en 25 puntos básicos su tasa de interés de referencia, hasta el 1,25%, el nivel más alto de los últimos 36 años. La decisión respondió a los crecientes riesgos de inflación y había sido ampliamente anticipada por el mercado.

Tras el anuncio, el yen se depreció hasta ubicarse en 156,95 unidades por dólar. El comunicado del banco central no incluyó señales claramente más agresivas que alimentaran apuestas alcistas sobre la moneda japonesa.

La suba se produjo en un mes en el que también aumentaron sus tasas la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo. La coincidencia marca un cambio para Japón, que durante años se mantuvo como una excepción dentro de la política monetaria global.

La decisión también llegó después de presiones de funcionarios estadounidenses, incluido el secretario del Tesoro, Scott Bessent, para que Japón avanzara con un endurecimiento monetario.

El principal canal de impacto internacional pasa por las operaciones de carry trade. Durante años, inversores tomaron créditos baratos en yenes para convertirlos en otras monedas e invertir en activos con rendimientos más elevados.

Una suba del costo de financiamiento en Japón reduce el atractivo de esa estrategia. Si el yen se fortaleciera con rapidez, algunos inversores podrían cerrar posiciones, vender activos de mayor rendimiento y recomprar la moneda japonesa para cancelar sus deudas.

Ese proceso podría generar salidas de capital, caídas en activos de riesgo y presión sobre monedas latinoamericanas como el peso mexicano, el peso colombiano y el real brasileño. El impacto dependerá de la velocidad de los movimientos cambiarios y de las diferencias de tasas entre Japón y los países receptores de esos flujos.

El cambio de orientación del Banco de Japón agrega así una fuente de volatilidad para los mercados globales, en un contexto en el que las principales autoridades monetarias están redefiniendo sus tasas frente a la inflación y la evolución de la actividad económica.