El Banco Mundial movilizó un récord de US$112.000 millones de capital privado durante el ejercicio fiscal terminado en junio, frente a US$69.000 millones un año antes y más del triple que en el ejercicio de 2022. Sumados a los US$123.000 millones aportados con recursos propios, los proyectos facilitados por la institución alcanzaron un volumen combinado de US$235.000 millones.
Entre las operaciones respaldadas aparece el proyecto de litio de Rio Tinto en el noroeste argentino. La Corporación Financiera Internacional, brazo del Banco Mundial para el sector privado, otorgó un préstamo de US$400 millones que ayudó a atraer otros US$775 millones de prestamistas. Al incluir deuda y capital, los compromisos totales del proyecto llegaron a US$2.500 millones.
El caso muestra cómo una institución multilateral puede reducir parte del riesgo percibido por los inversores y convertir un proyecto individual en una oportunidad financiable para bancos y fondos. El volumen movilizado no equivale a recursos públicos entregados directamente a cada emprendimiento: incluye capital privado atraído por operaciones estructuradas y respaldadas por el Banco Mundial.
El presidente del organismo, Ajay Banga, busca estandarizar y agrupar préstamos para ofrecer una clase de activos capaz de interesar a fondos de pensión, aseguradoras y administradoras de activos. Su objetivo es más que duplicar los compromisos privados hasta superar los US$200.000 millones en un plazo de dos a tres años.
La estrategia apunta a conectar la necesidad de financiamiento de los países en desarrollo con un mercado de capital institucional que supera los US$280 billones. Históricamente, apenas entre 5% y 8% de ese capital se dirigió a economías en desarrollo, mientras que las empresas privadas mantuvieron una actitud cautelosa por la incertidumbre regulatoria, el riesgo político y las dificultades asociadas a las monedas locales.
La experiencia argentina concentra esas restricciones y también la respuesta institucional ensayada para mitigarlas. En lugar de depender exclusivamente de asistencia oficial, el esquema combina un préstamo multilateral con financiamiento privado, deuda y capital. La señal económica es que la disponibilidad global de fondos no alcanza por sí sola: los proyectos deben ofrecer reglas, estructura financiera y una relación entre riesgo y retorno que permita atraer inversores.
El Banco Mundial informó además que redujo el tiempo promedio de aprobación de proyectos de más de un año a nueve meses y que asignó un único responsable por país para simplificar la relación con los gobiernos. El 40% de sus préstamos del último ejercicio se destinó a infraestructura y el 26% a proyectos vinculados con reformas regulatorias.
El récord de movilización refuerza el papel del financiamiento privado en sectores como la transición energética, pero también expone el costo de las trabas que impiden que ese capital llegue a destino. Para Argentina, el proyecto de Rio Tinto ofrece una referencia concreta del volumen que puede alcanzar una inversión estratégica cuando el financiamiento multilateral logra complementar —y no sustituir— la participación de inversores privados.



