Las negociaciones entre Estados Unidos y China avanzaron hacia una cumbre presidencial marcada menos por una reconciliación que por la necesidad de administrar una rivalidad económica cada vez más profunda. Tras unas ocho horas de reuniones en Nueva York, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, calificó las conversaciones con el viceprimer ministro chino He Lifeng como “muy exitosas”.
El resultado inmediato fue acotado, pero relevante para los mercados. Washington y Beijing acordaron crear un diálogo bilateral sobre inteligencia artificial, con una propuesta estadounidense para notificar incidentes de IA capaces de alcanzar una dimensión de seguridad nacional. El objetivo declarado es reducir la opacidad entre las dos principales potencias del sector y construir algún entendimiento común sobre sus riesgos.
La inteligencia artificial quedó así incorporada al mismo tablero que el comercio, los semiconductores, Taiwán y las tierras raras. Estados Unidos también busca avanzar en la denominada Junta de Comercio y separar determinados bienes “no sensibles” de futuras restricciones. Entre las alternativas analizadas aparecen productos de consumo chinos de menor tecnología, mientras Beijing evalúa compras de energía, productos agrícolas y eventualmente dispositivos médicos estadounidenses.
Sin embargo, no hubo avances anunciados sobre los asuntos con mayor capacidad de alterar las cadenas globales de suministro. Las conversaciones no resolvieron el flujo de tierras raras chinas, nuevas compras de productos agrícolas estadounidenses, eventuales adquisiciones de aviones Boeing ni las restricciones sobre chips avanzados de inteligencia artificial. La ausencia de acuerdos en estos puntos muestra que la negociación todavía busca compartimentar el conflicto, no eliminarlo.
La posición de Beijing conserva una ventaja estructural en minerales críticos. China concentra aproximadamente 70% de la minería mundial de tierras raras y más de 85% de su capacidad de refinación, insumos esenciales para la industria automotriz, los semiconductores, la industria aeroespacial y la defensa. Las interrupciones en los envíos de itrio ya obligaron a empresas occidentales de esos sectores a buscar proveedores alternativos, con costos y plazos más inciertos.
Washington, por su parte, llega a la cumbre con mayor influencia sobre algunos flujos energéticos estratégicos. La presión estadounidense sobre el comercio petrolero venezolano redujo el suministro de crudo pesado barato para las refinerías chinas, mientras que las sanciones sobre las exportaciones iraníes alteraron los embarques hacia Asia. China acumuló inventarios y puede reemplazar parte de esos barriles, pero perdió una porción de la ventaja energética que obtenía de esas fuentes con descuento.
Rusia puede cubrir una parte del faltante, aunque su infraestructura energética también enfrenta restricciones. Ataques ucranianos contra refinerías, terminales de exportación y depósitos dejaron fuera de servicio unos 300.000 barriles diarios de capacidad de refinación rusa durante agosto y comienzos de septiembre, según una estimación de Goldman Sachs citada en las negociaciones. El resultado es un mercado en el que la disponibilidad física no desaparece, pero el acceso a energía barata y políticamente segura se vuelve más difícil.
La disputa también se extiende a las rutas comerciales. La Corte Suprema de Panamá anuló las concesiones de la empresa hongkonesa CK Hutchison para operar los puertos de Balboa y Cristóbal, ubicados en los extremos del Canal de Panamá. En paralelo, un acuerdo de seguridad entre Estados Unidos y Groenlandia busca asegurar una presencia estadounidense de largo plazo en la isla y limitar la instalación de bases militares de Rusia, China u otros países no pertenecientes a la OTAN.
Los mercados ya reflejaban parte de esa tensión antes de la cumbre. El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años cerró en 5,004%, con una suba de 6,5 puntos básicos, mientras que el de dos años avanzó 7,5 puntos básicos hasta 4,745%. El empinamiento negativo de corto alcance de la curva —un bear flattening— señala presión sobre las tasas y un mayor costo financiero para una economía global que necesita inversión en capacidad energética, tecnológica y minera.
El equilibrio que emerge es de interdependencia con instrumentos de presión cruzada. Estados Unidos conserva capacidad para afectar ciertos flujos de energía y posiciones estratégicas en rutas y territorios, mientras China mantiene poder de negociación como proveedor dominante de minerales críticos, potencia manufacturera y comprador de bienes estadounidenses. La cumbre puede ordenar algunos canales comerciales, pero no elimina los incentivos que empujan a ambos países a reducir su dependencia mutua en sectores decisivos.



