La guerra entre Estados Unidos e Irán está reconfigurando los flujos globales de energía y obligando al mercado de LNG a reducir su dependencia del Golfo. Antes del conflicto, cerca de un quinto del comercio mundial de gas natural licuado atravesaba el estrecho de Ormuz, un punto de estrangulamiento que ahora se convirtió en un riesgo central para compradores, productores y transportistas.
La respuesta de los importadores no se limita a buscar nuevos proveedores. También consiste en diversificar las rutas de abastecimiento. Sue-Ern Tan, responsable del centro de cooperación regional de la Agencia Internacional de Energía en Singapur, resumió el cambio de estrategia al señalar que los gobiernos están ampliando tanto la diversidad de sus suministradores como la de sus corredores logísticos.
Bangladesh, que dependía principalmente de Qatar, busca cargamentos en Indonesia, Australia y China. PetroChina y la india GAIL también aseguraron suministros alternativos fuera del Golfo, mientras la tailandesa PTT explora acuerdos con Omán, América del Norte y África occidental. Su brazo comercial firmó además un contrato de largo plazo con la noruega Equinor. La seguridad de la cadena dejó de ser una variable secundaria: pasó a definir la arquitectura de compra.
El shock todavía no produjo un faltante global de la magnitud que podía esperarse. Tom Summers, ejecutivo de Shell, sostuvo que la nueva capacidad compensó buena parte de la pérdida de 36 millones de toneladas de suministro del Golfo. Aun así, el mercado enfrentaría este año un déficit neto de aproximadamente 5 millones de toneladas, equivalente a entre 1% y 1,5% de la oferta mundial. En un mercado integrado, ese desequilibrio alcanza para modificar precios relativos y acelerar contratos de largo plazo.
Estados Unidos está ocupando parte del espacio dejado por los suministros interrumpidos. Sus exportaciones de LNG promediaron 17.400 millones de pies cúbicos diarios durante el primer semestre de 2026, un aumento de 23% interanual, mientras el tráfico comercial en las aguas del Golfo de América se mantuvo estable. La capacidad estadounidense funciona así como amortiguador, pero también refuerza la concentración del mercado en pocos grandes exportadores.
La búsqueda de regiones consideradas más seguras puede beneficiar a nuevos productores, entre ellos la Argentina, Timor Oriental y Tanzania. La referencia no implica que la Argentina ya tenga contratos asegurados ni que la inversión esté garantizada. Sí muestra que el valor económico de una reserva energética depende cada vez más de su ubicación geopolítica, de las rutas disponibles y de la capacidad de entregar el producto sin interrupciones.
Para convertir esa ventana en exportaciones concretas, la confiabilidad pesa tanto como el recurso. Los compradores están priorizando resiliencia de cartera, diversificación de fuentes y seguridad de toda la cadena, mientras los productores buscan compromisos de largo plazo. La señal de precios puede atraer capital, pero la captura de esa oportunidad exige que la oferta sea previsible y que el acceso a los mercados no quede expuesto a un único punto de falla.
La misma lógica aparece en los combustibles refinados. Donald Trump respaldó propuestas para frenar las exportaciones estadounidenses de productos refinados ante el aumento de los precios internos, y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó que se analiza la viabilidad de una prohibición total o parcial para el diésel. Michael Every, de Rabobank, advirtió que una medida binaria de ese tipo podría no resolver el problema en un mercado energético integrado, aunque también planteó que Washington está dispuesto a utilizar la energía como instrumento geopolítico.
El riesgo macroeconómico es que una alteración de rutas se transforme rápidamente en inflación importada. Si se interrumpen acuerdos, se bloquean corredores o se modifica la política de exportaciones de un gran productor, los precios pueden cambiar antes de que los bancos centrales ajusten sus diagnósticos. La gobernadora de la Reserva Federal Susan Collins ya advirtió sobre una mayor probabilidad de escenarios con inflación persistentemente superior al 2%. Para la Argentina, el nuevo mapa abre una posibilidad exportadora, pero también confirma que energía, logística y geopolítica ya no pueden analizarse por separado.



