El acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur puede servir para algo más que ampliar el intercambio de bienes. También podría utilizar el acceso a los mercados como incentivo para contener la deforestación, siempre que los aranceles estén vinculados de manera creíble con el desempeño ambiental de los países exportadores.
La tensión es concreta. Cuando un país obtiene acceso a un mercado más grande, la producción agropecuaria se vuelve más rentable. En el caso de Brasil, esa mayor rentabilidad puede traducirse en una expansión del área cultivada y en una presión adicional sobre los bosques tropicales. Estudios citados por Bård Harstad muestran que la deforestación aumentó después de la firma de algunos acuerdos comerciales regionales.
Los mecanismos ambientales incluidos tradicionalmente en los acuerdos de la Unión Europea tuvieron hasta ahora un diseño débil y una aplicación poco efectiva. Amenazar con suspender un tratado si aumenta la deforestación tampoco resulta necesariamente creíble: los beneficios económicos de comerciar pueden ser todavía mayores cuando se expande la producción agrícola, lo que reduce el incentivo de los gobiernos a ejecutar una sanción extrema.
La alternativa propuesta consiste en establecer de antemano aranceles contingentes al nivel de deforestación. Si un exportador de carne aumenta la superficie desmontada, podría enfrentar aranceles más altos y perder parte de su ventaja de acceso al mercado. La amenaza sería más creíble porque no exigiría abandonar todo el acuerdo, sino aplicar automáticamente una penalidad comercial previamente pactada.
El mecanismo también modifica el cálculo del importador. Un arancel asociado a la deforestación puede mejorar sus términos de intercambio al reducir el precio que paga por las importaciones, mientras que su permanencia en el tiempo reforzaría el incentivo del exportador a preservar el recurso. En ese esquema, el arancel deja de ser solamente una barrera comercial y pasa a funcionar como una condición para sostener el acceso preferencial.
Las simulaciones de la investigación de Harstad para el Mercosur estiman que una liberalización simultánea con la Unión Europea, Estados Unidos y China podría ampliar entre 2% y 9% el área agrícola del bloque y provocar deforestación. Si uno de esos tres grandes mercados incorporara la deforestación a un acuerdo de aranceles contingentes, esa expansión podría evitarse. Si lo hicieran dos —por ejemplo, la Unión Europea y Estados Unidos—, el área agrícola total podría reducirse entre 1% y 8% respecto de su nivel actual, dando lugar a reforestación.
Las cifras son proyecciones de modelos económicos y no certezas. El mecanismo también tiene límites: ningún socio tendría incentivos para llevar los aranceles a niveles excesivamente altos, mientras que la existencia de terceros países dispuestos a ofrecer condiciones comerciales más laxas podría debilitar el efecto ambiental. La coordinación entre grandes compradores sería, por lo tanto, decisiva.
La implementación técnica no exigiría inventar un sistema completamente nuevo. Los acuerdos comerciales ya fijan cronogramas para reducir aranceles con el paso del tiempo. Ese mismo calendario podría reiniciarse y devolver los aranceles a sus niveles originales si aumentara la deforestación. Francia y los Países Bajos ya habían propuesto en 2020 vincular la reducción gradual de aranceles del acuerdo UE-Mercosur con el cumplimiento efectivo de las disposiciones de comercio y desarrollo sostenible.
Modificar un acuerdo ya negociado puede ser políticamente costoso, pero los tratados que todavía están en discusión ofrecen más margen. La cuestión central no es elegir entre apertura comercial y conservación, sino diseñar reglas que eviten que una mayor rentabilidad agropecuaria premie la destrucción del bosque. Con sanciones automáticas, medibles y difíciles de renegociar, el acceso a los mercados podría convertirse en una recompensa por preservar, en lugar de un subsidio indirecto a la expansión de la frontera agrícola.



